Historia antigua

La conquista de Jerusalén por los cruzados en 1099

La conquista de Jerusalén por los cruzados en 1099

Captura de Jerusalén por los cruzados, 15 de julio de 1099. En esta pintura de Émile Signol, Godofredo de Bouillón agradece a Dios ante Pedro el Ermitaño tras la conquista de la ciudad. 1847. Palacio de Versalles. Wikimedia Commons

El llamado de Urbano II y la cruzada popular

El movimiento que culminó con la toma de Jerusalén nació del discurso del Papa Urbano II en el Concilio de Clermont, el 27 de noviembre de 1095. Ante una multitud de clérigos, nobles y campesinos, el pontífice los incitó a liberar por la fuerza el Santo Sepulcro, bajo control musulmán desde el siglo VII. Además, respondió al pedido de ayuda del emperador bizantino Alejo I Komneno, quien describía la grave situación de los cristianos orientales frente a los turcos selyúcidas.

Urbano II prometió a los que tomaran la cruz la remisión de sus pecados, sin ofrecerles tierras a conquistar. La convocatoria resonó entre el pueblo; predicadores itinerantes como Pedro el Ermitaño difundieron el mensaje, y miles de hombres, mujeres y niños partieron en marzo de 1096, mucho antes de la fecha oficial del 15 de agosto.

Esta primera ola, conocida como la Cruzada Popular, estuvo marcada por saqueos y masacres, especialmente contra las comunidades judías del Valle del Rin. Al cruzar el Bósforo, la mayoría fueron aniquilados o se vieron obligados a refugiarse en Constantinopla a la espera de la cruzada “oficial”.

Los ejércitos principales y el cruce de Anatolia

El papa evitó concentrar el mando en un solo líder. Cuatro grandes contingentes partieron hacia Constantinopla: los de Godofredo de Bouillón (Lorena y norte de Francia), los de Stephen de Blois, Roberto de Flandes y Roberto de Normandía (franceses, flamencos y normandos), los de Bohemundo de Tarento (normandos del sur de Italia) y los de Raimundo de San Gilo (provenzales y borgoñones).

Al llegar, los cruzados juraron fidelidad al emperador Alejo I y acordaron devolverle los territorios reconquistados. En primavera de 1097 cruzaron el Bósforo con unas 43 000 almas, tomaron Nicaea tras un asedio reforzado por el ejército bizantino y continuaron su marcha hacia el sur de Anatolia, enfrentándose a la escasez, al calor abrasador y a los arqueros turcos.

Después de varios meses de marcha, los cruzados llegaron a Antioquía en octubre de 1097. Tras un largo asedio que duró hasta junio de 1098, la ciudad cayó gracias a la traición de un guardia y al hallazgo de una supuesta lanza del Cristo, que levantó la moral de los defensores.

La marcha hacia Jerusalén

Tras la victoria en Antioquía, los líderes cruzados se enfrentaron a la resistencia de los peregrinos que exigían la conquista de Jerusalén. En enero de 1099, bajo presión popular, se reafirmó el objetivo de liberar la ciudad santa.

Los ejércitos de Raimundo de San Gilo, Godofredo de Bouillón y Tancredo de Hauteville avanzaron por la costa siria‑palestina, logrando varios éxitos y llegando a Belén, donde Tancredo rezó en la Iglesia de la Natividad.

El asalto y el saqueo de Jerusalén

En junio de 1099, las fuerzas cruzadas, reducidas a unos 1 500 caballeros y 12 000 infantes, se posicionaron frente a las murallas de Jerusalén. Temerosos de una intervención del califato fatímida, iniciaron el asedio la noche del 13 al 14 de julio.

El combate fue sangriento; al día siguiente los cruzados entraron en la ciudad. El gobernador musulmán se rindió y salió con su guarnición, pero la población musulmana y judía fue masacrada o tomada como prisioneros. Godofredo de Bouillón fue elegido líder del nuevo Reino de Jerusalén, aunque los obispos se mostraron reacios a ceder el poder a una autoridad secular.

Línea de tiempo

Verano de 1096: Multitud heterogénea parte hacia Constantinopla con la intención de liberar los lugares sagrados.
Primavera de 1097: Los cruzados avanzan al sur, empujando a los turcos, pero sus filas se ven diezmadas por marchas, batallas y rivalidades internas.
7 de junio de 1099: Llegada a las puertas de Jerusalén tras una larga expedición.
15 de julio de 1099: Con ayuda naval, los cruzados levantan dos torres de asedio y conquistan la Ciudad Santa, iniciando un masivo saqueo.

Una expedición sangrienta

El derramamiento de sangre en Jerusalén se precedió por la masacre de Antioquía (2‑3 de junio de 1098) y por episodios de canibalismo en Ma’arrat al‑Nu‘man durante el invierno de 1098, según testimonios de cronistas como Raúl de Caen.

Las belfas: máquinas de asedio decisivas

Los cruzados emplearon torres móviles, o “belfas”, que les permitían acercarse a los muros bajo protección contra proyectiles. Estas estructuras, de varios pisos, incluían arietes y puentes levadizos, y estaban reforzadas con pieles de animales o chapas de metal para resistir el fuego griego.

El asalto final

Raimundo de San Gilo acampó al sur de la ciudad, mientras Godofredo de Bouillón, Tancredo, el duque Roberto I de Normandía y el conde Roberto de Flandes se posicionaron al norte. El 14 de julio los cruzados bombardearon las murallas con mangoneles y lanzaron flechas incendiarias contra los sacos de paja que cubrían los muros. Un enorme ariete abrió una brecha en la muralla exterior; la belfa avanzó, descendió al interior y, al romper la segunda muralla, los hermanos Letold y Gilberto de Tournai pisaron la tierra sagrada, cambiando el destino de al‑Quds.