Si no fuera por Gall Anónimo, Wincenty Kadłubek y los autores de los primeros anales de la corte, casi no sabríamos nada seguro sobre los inicios de Polonia. Es un alivio contar con al menos esa información, pero ¿realmente podemos confiar en ella?
Gran parte de los datos sobre el nacimiento del Estado Piast no pueden corroborarse. Sólo Gall Anónimo menciona a los cuatro primeros miembros de la familia; el anacronista más antiguo registra los hitos clave: la llegada de Dobrawa a Polonia, el bautismo de Mieszko y el nacimiento de Boleslao el Valiente.
Tomamos estos datos como una fe casi religiosa y los historiadores tratan el contenido de las crónicas con una reverencia similar. Los medievalistas dedican estudios enteros a analizar cada frase y cada palabra de Gall, como si descifrar la intención de un solo historiador bastara para revelar la verdad de eventos ocurridos hace mil años. La realidad es muy distinta.
Errores por doquier
Los orígenes de Polonia también aparecen en fuentes alemanas: las crónicas del monje Widukind y del obispo Thietmar. Ambos textos son considerados fuentes extremadamente fiables y sus autores, personas honestas y escrupulosas. Sin embargo, una lectura cuidadosa resulta una ducha fría para los investigadores polacos, pues ambos cometieron cientos de errores comprometedores.
Aunque la crónica de Thietmar se valora como una fuente excelente para los comienzos de Polonia, está plagada de equivocaciones (foto Harald Rossa; lic. CC BY‑SA 3.0).
Widukind dedicó sus Historia sajona a la hija del emperador Otto I el Grande, Matilde. Conocía tanto a ella como al propio soberano, vivía en la corte y mantenía excelentes contactos. Su misión era narrar la historia de la familia otónida y sus antepasados, pero aun así erró en datos elementales.
Confundió el nombre del primer suegro del emperador (transformó Edmund en Edward) y al primer marido de su segunda esposa (cambió Lothara por Luis). Thietmar, que escribió cuarenta años después, también mostró una gran falta de atención. Al relatar la rebelión incitada por el hermano mayor de Otto, Thankmar, confundió a su madre, llamándola Ludgarda en lugar de Hateburga. En otro pasaje, afirmó que Thankmar no era hermano de Otto, sino… ¡hijo ilegítimo!
Los errores se acumulan: la fecha de la muerte del rey Konrad I se retrasa dos meses; la coronación imperial de Otto el Grande aparece con una diferencia de un año en una parte del texto y de tres años en otra. Con respecto a Enrique II, bajo cuyo reinado sirvió Thietmar, el cronista equivocó la edad del rey en cinco años, describiendo a un hombre de cuarenta años como de treinta y cinco, y también erró por un año la fecha de muerte del obispo de Verden, Bernardo, quien falleció mientras Thietmar redactaba su obra. No se trataba de un olvido por distancia temporal, sino de pura negligencia.
Nosotros tampoco estábamos exentos
Casi todos estos fallos –y podrían enumerarse indefinidamente– concernían asuntos que Thietmar y Widukind debían conocer perfectamente. En la historiografía polaca, cuando aparecen dudas similares, se suele confiar ciegamente en Gall Anónimo o en los anales de la corte, bajo la premisa de que estaban cerca de los hechos, conocían a los protagonistas y estaban bajo la supervisión del monarca. En pocas palabras: si no fueron ellos los que dijeron la verdad, ¿quién?
Los ejemplos de Thietmar y Widukind obligan a ser más críticos con los cronistas polacos. Gall Anónimo, por ejemplo, confundió parentescos y edades de personajes que vivieron solo unas décadas antes. Erró al identificar al invitado del Congreso de Gniezno: no fue el emperador Otto III, sino su padre, Otto II.
En su relato del Congreso de Gniezno, Gall Anónimo confundió al emperador Otto III con su padre, que ya había fallecido varios años. Además, llamó «la Reina de las Riquezas» a la hermana del emperador, cuando en realidad solo era su sobrina. Describió a Casimiro el Restaurador como un niño incapaz, pese a que tenía dieciocho años cuando murió su padre, el propio autor del crónico y su mecenas. En resumen, error tras error.
Lo único que podemos afirmar con certeza es que la historia de la Alta Edad Media debe abordarse con una humildad obsesiva. Fechas, nombres, acontecimientos… en realidad, ningún dato puede garantizarse en este periodo.
Bibliografía
El artículo se basa en materiales recopilados por el autor durante la elaboración del libro «Damas con mancha. Las mujeres que coronaron Polonia».