Introducción
Dejamos huellas físicas y digitales en el mundo de innumerables formas y, al hacerlo, generamos datos. ¿Qué tipo de información somos? "La gente debería ser un poco más frugal con sus datos".
Una huella en el barro parece insignificante, pero contiene más datos sobre ti de los que imaginas. Un perito forense puede deducir el tamaño de tu zapato, el modelo que llevabas, la hora aproximada y la dirección en que caminabas. Incluso puede estimar tu peso y tu forma de andar. Cuando el herbívoro prehistórico Orobates pabsti cruzó un lodazal, no sabía que sus pasos permitirían, más de 250 millones de años después, reconstruir su singular locomoción.
Las huellas son solo un ejemplo: dejamos rastros en innumerables maneras, tanto en el mundo real como en el digital. Algunos desaparecen rápidamente; otros persisten indefinidamente y pueden reutilizarse. Algunos datos no valen nada; otros son explotados mercantilmente. Facebook, por ejemplo, podría conocerte mejor que tu pareja a partir de trescientos "me gusta" y usar esa información para vender publicidad que solo tú verás.
El almacenamiento central de la naturaleza
La vida en la Tierra no puede prescindir del almacenamiento de información. No me refiero a tu portátil o a tus álbumes de fotos, sino a cada célula de nuestro cuerpo, que contiene el código genético donde están registradas todas tus características, desde el color de ojos hasta el riesgo de enfermedades hereditarias. Esa información está escrita en el ADN, una molécula cuya “alfabeto” consta de solo cuatro letras. El genoma humano supera los tres mil millones de bases; si lo comprimimos, ocupa menos de un gigabyte, suficiente para grabar en un DVD.
El tamaño del código genético no refleja la complejidad de un organismo. El genoma de la ameba de agua dulce Polychaos dubium es unas doscientas veces más largo que el nuestro.
El bioinformático Rob ter Horst estudia nuestro sistema inmune y cómo factores como sexo, edad y genética lo influyen. “Algunas de nuestras investigaciones manejan terabytes de datos. Analizamos cientos de individuos, secuenciamos sus genomas varias veces para garantizar la exactitud y examinamos la forma en que el ADN se pliega, lo que llamamos epigenoma. Eso implica información sobre la organización tridimensional del genoma en cada persona, y estudiamos alrededor de sesenta mil sitios diferentes”.
El epigenoma actúa como una capa reguladora que determina cuánto de cada proteína se produce. Muchas características humanas, como la estatura, dependen de la interacción de varios genes y del entorno, lo que hace que su modelado sea todavía muy complejo.
La Tierra como disco duro
La vida ha encontrado una forma sofisticada de almacenar datos genéticos, pero también deja innumerables rastros en el planeta. Podemos considerar a la Tierra como un gigantesco disco duro, una mina de oro para los científicos que intentan reconstruir el origen de la vida.
En Leiden, el Naturalis Biodiversity Center alberga miles de cajones con abejas extintas, dientes de tiburón prehistóricos, huesos de mamut y rocas que conservan huellas fósiles de más de medio billón de años. Son fragmentos de la historia de mil millones de años de nuestro planeta.
Según la responsable de la colección, Natasja den Ouden, el edificio conserva 42 millones de piezas bajo condiciones estrictas de temperatura y humedad.
Den Ouden cuida la sub‑colección de fósiles, cuyos ejemplares más antiguos tienen unos 575 millones de años y pertenecen a organismos multicelulares del período Ediacárico, difíciles de clasificar como plantas o animales.
¿Cómo es posible que algunos esporas sobrevivan tanto tiempo mientras la mayoría desaparece rápidamente? “Es cuestión de suerte”, explica. "Un organismo que quiere acabar en un museo debe quedar cubierto rápidamente por sedimentos y en un ambiente con muy poco oxígeno. Por ejemplo, morir en un lago pobre en oxígeno es mucho mejor que en una pradera, donde el cuerpo se descompone y es devorado".
Todo es datos
Todo es datos, afirma el físico teórico Erik Verlinde, de la Universidad de Ámsterdam. Desde las moléculas de ADN que registran nuestra información genética hasta los fósiles en la corteza terrestre, pasando por los agujeros negros y nuestros propios pensamientos, la información es una constante cósmica.
Esta visión está en el corazón de su teoría emergente de la gravedad, que intenta explicar el movimiento de estrellas y galaxias donde los modelos clásicos fallan.
Verlinde sostiene que la gravedad es una propiedad emergente del comportamiento de la información del universo, similar a cómo la temperatura surge de la velocidad de las partículas a nivel molecular.
Según él, la información necesaria para describir el estado completo del universo incluye la posición y masa de todas sus partículas. Esa cantidad sería finita y constante: “El ‘libro’ que describe el estado del universo tendría alrededor de 10120 caracteres. Contiene de todo, desde la distribución de materia cósmica hasta nuestros pensamientos, que emergen de nuestro cerebro material”.
¿Desaparece alguna información? Los debates sobre la pérdida de información en los agujeros negros continúan. La radiación de Hawking, propuesta por Stephen Hawking, sugiere que los datos se ocultan temporalmente y reaparecen cuando el agujero negro se evapora.
Un papel destacado en la vida cotidiana
Los datos, ya sea en forma de ADN, planeta o universo, llevan tiempo existiendo, pero hoy ocupan un lugar cada vez más central en nuestras vidas. ¿Por qué tanto énfasis en los datos? Hugo Jonker, profesor asistente de la Open University, lo atribuye al carácter digital de la información: persiste, se puede copiar, distribuir y buscar con gran facilidad.
En un supermercado, por ejemplo, los empleados pueden verte, pero si la policía pregunta media hora después, quizá ya no te reconozcan. Sin embargo, consultando una base de datos de direcciones IP de los dispositivos que se conectaron al Wi‑Fi local, pueden identificar tu teléfono en segundos.
Jonker diferencia datos (unos y ceros en un disco) e información (el significado de esos datos en un contexto). Para él, la protección de la información es crucial, y el contexto determina su sensibilidad. “‘Positie Omtzigt, function elsewhere’ no significa nada fuera de las notas de un formador de gabinete; allí se vuelve dinamita política”.
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Biología: Expedición a tierras que se derriten.
Eres tus datos
¿Qué papel juegas tú en esta historia? Depende del punto de vista: eres tres mil millones de "letras" en una molécula de ADN, los supuestos diez terabytes que almacena tu cerebro, una pieza del registro cósmico, quizá un fósil que una futura civilización use para describir a nuestra especie, o los rastros digitales que dejas en el mundo.
Jonker advierte que debemos ser más cuidadosos con nuestros datos y que la excusa del "no tengo nada que ocultar" es una falacia. Siempre existen formas de usar o abusar de la información. Un ejemplo clásico es el caso de la cadena estadounidense Target, que, a partir de las compras de una adolescente, supo que estaba embarazada antes que su padre lo descubriera.
Ejemplos históricos de medios de almacenamiento:
Pintura rupestre: Un jabalí indonesio, la obra más antigua conocida, data de hace unos 45 000 años.
Cuneiforme: Escritura en tabletas de arcilla de hace unos 5 000 años, utilizada para contabilidad y registros.
Papiro: Papel vegetal del Antiguo Egipto, con una vida útil de varios milenios en condiciones secas.
Pintura al óleo: Técnica del Renacimiento que ha perdurado hasta hoy gracias a la restauración.
Tarjeta perforada: Inventada por Joseph‑Marie Jacquard en 1790; su principio se usó en censos y en los primeros ordenadores.
Fotografía: La primera foto con una persona (1838) muestra cómo la duración depende del proceso químico.
Cilindro de cera: Grabaciones de sonido de principios del siglo XX, reproducibles con fonógrafo.
Cinta magnética: En el CERN se almacenan petabytes de datos de colisionadores de partículas.
Disquete: Formato de 3,5 pulgadas, con una vida útil de alrededor de diez años.
Cinta de casete: Popular hasta los años 90, con una duración de 30‑40 años.
CD: Disco óptico cuya vida depende del cuidado, puede durar décadas.
Disco duro: Almacén moderno, pero susceptible a la degradación de bits tras unos diez años.
Los datos pueden volverse peligrosos. "Imagina ser una profesora en una escuela de niñas en Afganistán antes del cambio de régimen; de repente, la información sobre ti se vuelve una amenaza", afirma Jonker. También menciona aplicaciones de espionaje que se infiltran en teléfonos ajenos.
Como experto en privacidad, Jonker se obliga a pensar en escenarios catastróficos para adelantarse a los malos. Señala, por ejemplo, los chips electrónicos en pasaportes que generan mensajes de error diferentes según el país, o la idea de diseñar una bomba que se active al detectar ciertas nacionalidades cercanas. Su mensaje final: debemos cuidar nuestros datos tanto como cuidamos nuestra billetera, porque permitir que extraños accedan a ellos es tan imprudente como dejar la billetera a la vista.