Historia antigua

El último corsario: la increíble vida del alemán que surcó los mares en la Primera Guerra Mundial

Una figura fuera de su tiempo

Muchos historiadores afirman que el siglo XX realmente empezó con la Primera Guerra Mundial, y que los catorce años anteriores fueron solo un epílogo. En el ámbito naval, el conflicto popularizó los submarinos, consolidó los acorazados y dio origen a los portaaviones, haciendo que la idea de un buque de vela dedicado a la corsa parezca sacada de otro siglo. Sin embargo, existió un corsario inesperado que navegó al servicio del Kaiser a bordo de un bergantín de tres mástiles, ganándose fama por su conducta caballerosa al estilo del legendario Stede Bonnet. Ese hombre fue Felix Nikolaus Alexander Georg Graf von Luckner.

Infancia y primeros pasos en el mar

Nacido en Dresde en 1881, Luckner provenía de una familia noble (graf = conde) cuyo bisabuelo había sido mariscal de Francia. Desde pequeño sintió una vocación marítima, aunque la tradición familiar lo obligó a probar la caballería. A los trece años abandonó la escuela y se embarcó como camarero en el velero Niobe, que surcaba la ruta Hamburg‑Australia. Adoptó el nombre falso de Phylax Lüdecke y juró no volver a casa hasta vestir el uniforme de la Marina Imperial. Un día, en medio de una tormenta, cayó por la borda; el capitán decidió no arriesgar a la tripulación en un rescate.

El destino, sin embargo, intervino de forma insólita: Luckner logró agarrar a un albatros por la pata, y el ave, batiendo frenéticamente sus alas, atrajo a varios congéneres que revelaron su posición, permitiendo su salvamento. Fue un episodio digno de una novela de Joseph Conrad o Jack London.

Una vida de mil oficios

En Australia Luckner se dedicó a todo tipo de trabajos: cazador de canguros, pescador, marinero, camarero, obrero ferroviario y representante del Ejército de Salvación. Fue farero en Augusta, pero su estancia terminó abruptamente cuando el posadero lo descubrió en la cama de su hija; a partir de entonces se convirtió en una especie de coloso que participaba en combates de boxeo y en exhibiciones de fuerza en circos, doblando monedas y rompiendo directorios telefónicos.

Los momentos oscuros también formaron parte de su historia: pasó tiempo en una prisión chilena por robo de cerdos, sufrió heridas en Jamaica y fue expulsado de un hospital por falta de dinero. Llegó a América, sirvió en la guardia de Porfirio Díaz en México y, a los veinte años, una serie de coincidencias le permitieron retomar su sueño de ser marinero.

El encuentro con el Kaiser

Gracias a una actuación de magia en un circo, Luckner fue invitado a presentar sus trucos a Kaiser Guillermo II a bordo de su yate. El emperador, impresionado y conocedor del deseo del joven, intervino para que ingresara en una escuela naval. En 1908, tras graduarse, realizó nueve meses de entrenamiento en el vapor privado Petropolis. Al terminar, solicitó entrar a la Kaiserliche Marine y, en 1912, recibió el mando del buque de guerra SMS Panther en África. Ese mismo año contrajo matrimonio con Petra Schultz, con quien tuvo una hija en 1913; el matrimonio se disolvió en 1914.

La Gran Guerra y el corsario del mar

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Luckner participó en la batalla de Heligoland y luego en Jutland como oficial de artillería del acorazado Kronprinz Wilhelm. Sin embargo, su futuro no estaba en los combates convencionales. Ante la superioridad de la Royal Navy, la Marina alemana autorizó a los buques mercantes a actuar como corsarios. En 1915 Luckner, con experiencia en navegación a vela, recibió el mando del bergantín de tres mástiles Pass of Balmaha, de 83,5 m y 1.571 toneladas, rebautizado como Seeadler. Equipado con dos cañones de 105 mm y ametralladoras, zarpó el 21 de diciembre de 1916 bajo bandera noruega, idioma que dominaba él y gran parte de su tripulación (6 oficiales y 57 marineros).

El Seeadler logró eludir el bloqueo británico; aunque el crucero Avenger los detuvo frente a Islandia, la tripulación engañó al inglés y continuó su caza. El primer objetivo fue abatido el 9 de enero de 1917, y a partir de entonces siguió capturando buques, acumulando decenas de miles de toneladas sin causar muertes, salvo un desafortunado marinero británico cuyo accidente con una tubería de vapor provocó su muerte.

Luckner adoptó una política humanitaria: permitía a las tripulaciones abandonaren sus barcos antes de hundirlos o las acogía a bordo como prisioneros. En una ocasión, tras capturar el bergantín francés Cambronne, tuvo que desmontar los cuatro mástiles para alojar a los prisioneros. Esta nobleza despertó la atención de la Royal Navy, que envió una escuadra de buques armados (Otranto, Orbit y el crucero blindado HMS Lancaster) como cebo, sin éxito, pues Luckner cruzó el Cabo de Hornos y se instaló en el Pacífico.

El último corsario: la increíble vida del alemán que surcó los mares en la Primera Guerra Mundial

En el Pacífico, entre el 14 de junio y el 8 de julio, el Seeadler hundió tres barcos estadounidenses. Tras una pausa para reparar el casco, la tripulación eligió el atolón polinesio de Mopelia (actual Maupihaa) como refugio. Luckner alegó que un inesperado tsunami encalló el barco contra los arrecifes; los prisioneros estadounidenses aseguraron que él mismo había encallado la nave mientras cenaban en tierra.

El naufragio y la fuga del Pacífico

Con el bergantín perdido, lanzaron dos chalecos salvavidas, acumularon provisiones y se establecieron en el atolón. Luckner zarpó en una de las barcas, acompañado de cinco hombres, con la intención de capturar otro buque y regresar con los 46 prisioneros americanos. Después de 3 700 km, llegaron a las Islas Cook, fingiendo ser noruegos, y finalmente a las Islas Kermadec, donde fueron arrestados y enviados a un campo de prisioneros en Auckland, Nueva Zelanda.

Mientras tanto, los compañeros que esperaban en Mopelia abordaron un pequeño barco francés llamado Lutèce, lo rebautizaron Fortuna y zarparon hacia Sudamérica. En la Isla de Pascua el barco encalló; los tripulantes fueron capturados por chilenos y permanecieron en un campo hasta el fin de la guerra. El capitán de la Lutèce logró llegar a Pago Pago el 4 de octubre y alertó sobre la situación.

El último corsario: la increíble vida del alemán que surcó los mares en la Primera Guerra Mundial

El 13 de diciembre, Luckner organizó una “fiesta de Navidad” que resultó ser una estratagema de escape: con una ametralladora confiscada a los guardias, tomaron el bote motorizado Pearl y, usando solo un sextante y un mapa copiado de un atlas escolar, navegaron hacia las Islas Kermadec. Allí tomaron control de la goleta Moa, pero una semana después fueron interceptados por una patrulla que había deducido su ruta.

El final de la guerra y la vida posterior

Repatriado en 1919, Luckner publicó un libro de sus peripecias que se convirtió en bestseller en Alemania. En 1924 contrajo matrimonio con la sueca Ingeborg Engeström y, dos años después, adquirió el barco Vaterland, con el que inició una gira mundial a favor de la paz, convirtiéndose en un ícono con su boina y pipa. Su amistad con Reinhard Heydrich, futuro jefe de la Gestapo, provocó que en la década de 1930 fuera percibido como pro‑nazi y vigilado por el régimen.

El gobierno nazi intentó explotar su prestigio para propaganda, ignorando que Luckner se había unido a la masonería una década antes. Fue acusado de violación (aunque quedó absuelto), congelaron sus cuentas y le exigieron renunciar a varios honores. Durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a una mujer judía a escapar a EE. UU. y negoció la rendición de Halle al ejército estadounidense, lo que le valió una sentencia de muerte por parte de los nazis, aunque logró salvarse.

Al término de la guerra se estableció en Malmö, Suecia, donde vivió con su esposa hasta su fallecimiento en 1966.